El Gorrión y Mi Madre

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Mamá tenía un don especial para las plantas y para los animales  . . .


 

Mi madre era una catalana que el destino quiso que naciera en Cuba en el año 1912.

Cuando tenía 8 años de edad sus padres regresaron a la península con todos sus hijos y me contaba ella cuando yo era niño, que en SITGES, su pueblo a orillas del Mediterráneo, hasta los perros la querían.

Pensé que era una exageración pero no era tal y lo comprobé la primera vez que visité el ahora balneario del jet set europeo.  En una tienda de ropa a la que entré para adquirir una camisa, la señora que me atendió era una persona que bien, pensé yo, podría haber conocido a mi madre pues le calculé la misma edad.  ¡Oh sorpresa!  Cuando le pregunté si había conocido a una jovencita llamada Anita Vidal se le iluminó la cara y me respondió: "por la Virgen del Vinyet que sí, si hasta los perros vagabundos la conocían" y agregó que a esa jovencita se la llevó un peruano para América del Sur....

 

Mamá tenía un don especial para las plantas y para los animales y, aunque sea difícil de creer, yo fui testigo de como logró criar a un gorrión recién nacido que había caído de su nido en el jardín de casa. 

Lo acomodó dentro de una caja de zapatos, que forró con algodones, y le daba de comer en el pico el alpiste de sus canarios.  La avecilla se reanimó primero y luego creció entre su improvisado nido y el regazo de mamá. 

Después se animó a pararse en su hombro y en su cabeza.  Aprendió a volar. Primero lo hacía dentro del dormitorio y luego inició sus viajes al mundo exterior, pero siempre regresando a dormir en su caja de zapatos, que en la tapa tenía un hueco para ingresar y salir. 

Mamá le hacía un ruidito especial con sus labios, irrepetible por mí, y la avecilla le respondía con un gorgeo, parecía una conversación que el gorrioncillo entendía.  Un día no volvió más.  Es probable que encontrara pareja y formara su propio nido.  Pienso que le debe haber sido difícil encontrar una caja de zapatos con fondo de algodones, como aquella que fue el único nido que conoció y en el que creció, pero más difícil le debe haber sido convencer a su gorriona, en el improbable caso de haber logrado su cometido, de que ese era el tipo de nido usado por los de su especie para empollar...

¡Qué lío!

 

Colaboración de Ernesto Montagne Vidal.