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Todos los días se le veía llegar por los alrededores de la Feria
o la Vega.
Hacía su entrada triunfal
cerca de las 7 de la mañana llevando en sus manos la infaltable cartera
floreada y en la otra mano atado a un cordel, su fiel compañero de
andanzas, un perrito flaco, huesudo, desgreñado, que saltaba y hacía
miles de cabriolas como demostrando el amor que sentía por aquella mujer.
Si alguien se hubiese
detenido por unos segundos-sólo por unos segundos- habría visto en la
mirada de aquel perro que sus ojos hablaban y hablaban de amores cuando
dirigía sus esferas café al rostro marchito de su dueña que también lo
miraba con el corazón asomando a sus ojillos surcados de arrugas.
Le decían La
Charo y los hombres que deambulaban ebrios por esos contornos
gustaban de hacerle bromas y decirles palabrotas de grueso calibre a las
que L Charo
hacía caso omiso y dando vuelta su carita terrosa proseguía su
andar enderezando la espalda y levantando la barbilla como toda una reina.
Vestía una falda negra-que
quizás algún día fue de otro color- lo mismo que la polera(pullover)
que la cubría y sobre esa indumentaria llevaba puesto su infaltable
abrigo- prenda que ella usaba en todas las estaciones del año.
(¿Por qué será que los
mendigos de edad madura no sienten frío
ni calor, no hacen diferencias
de las estaciones del año? ¿O es que el alma también se enfría
en la espantosa soledad, en la tristeza eterna de la mendicidad y
pobreza?)
Bueno, lo cierto es que nadie
supo de adonde llegó
ni de adonde había sacado ese perrillo que le pisaba eternamente
los talones.
Al parecer, en la primera
mirada que se dieron captaron ambos que un poquito de amor que aportara
cada uno
daría como resultado la
compañía, el calor, y quizás, en algunos momentos la sonrisa de ella y
el eterno vaivén del rabito de él.
Se
instaló La Charo, un día cualquiera, en una bodega abandonada y
permanecía en las noches junto a su guardián al que cuidaba como si
fuera su propio hijo.
Se alimentaba se sobras. Ella
registraba los botes de basura y su rostro cambiaba de expresión cuando
lograba descubrir un trozo de carne o alguna verdura.
El perrillo al ver ese manjar
comenzaba a aullar y se restregaba en las faldas de su dueña de puro
contento.
Luego se sentaban en la acera
y se repartían esos manjares como si fuera la cosa más natural del
mundo.
La Charo comía primero, una
mascadita aquí y otra mascadita más allá para el perro y cuando se
acababa “el
manjar” ella pasaba la lengua por sus dedos atiborrados de grasa
y restos y luego, el perrillo hacía lo mismo con los otros dedos de su
ama hasta que en las
manos de la vieja no quedaba indicio de haber tenido comida entre
sus manos. Luego se miraban, parecían sonreír, se tumbaban al sol y dormían.
La gente nada decía. La
gente nunca dice nada y poco parecía importarle esa extraña mujer que no
pedía nada, que no era ruidosa ni peleadora ni grosera ni atrevida. Era
como si pasara flotando por la vida y su misión fuera esa. Era un ángel,
un extraño ángel que mira y vive la vida con alegría aunque esté en el
lado oscur5o de la vida.
Así pasaron las estaciones y
la vida de La Charo se iba alargando como el camino que siempre trazaban
ella y su perro, en las mismas calles y con las mismas necesidades; hasta
que llegó el día en que La Charo se dio cuenta que el futuro se le
estaba oscureciendo.
Es que los años habían
pasado demasiado rápido y los pasos de ayer, esos que daba con su compañero
ya no le reportaban las alegrías de antaño.
Se cansaba ¿ La Charo así
es poco o nada salía de ese bodegón, más a nadie pareció importarle no
verla en las calles adyacentes a la Vega o La Feria, porque los seres
humanos somos así, siempre pensamos que “otro” se hará cargo del
problema.
Lo cierto es que La Charo se
iba apagando en soledad y silencio, y nadie la
vio por esas calles, sólo y de vez en cuando se veía al perrillo
escarbar la basura y arrancar a la bodega con un trozo de algo que compartía
con su ama.
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Pasó
el tiempo hasta que unos vagabundos llegaron al bodegón y grande
fue la sorpresa al encontrar el cuerpo famélico de una anciana
mujer. Al acercarse se percataron que estaba muerta y su lado,
agonizante y en los huesos, su más fiel compañero que no había
querido abandonarla y entregaba los últimos suspiros y la última
mirada de sus esferas café a la mujer que tanto lo amó en vida |
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